viernes, 27 de septiembre de 2019

La maldición del Rey

Parte  IV 

A causa de la enfermedad de la doncella, todos los ciudadanos trajeron ofrendas al castillo, canastas de frutas, cestos de pescados, toda clase de panes dulces y salados, vino y uvas, arroz y trigo; con la esperanza de que esto anime a la joven y la motive a comer.
Pero nada de esto lograba mejorar la condición de la amada del monarca.

Es así que una noche, tan tormentosa como aquella en que llegó la joven doncella, el rey pidió a todos los servidores del castillo que abandonaran el lugar, y dijo así, que él sería quién desde ahora se ocuparía de todo.
Los esfuerzos de la cocinera por persuadirlo de que era necesario que se quede para atenderlo a él y a la joven, fueron en vano.
Esa noche todos abandonaron el castillo, en medio de la más despiadada lluvia dejando solamente al regente y su amada.

El rey encerró a la joven en la habitación mientras ella le veía con ojos suplicantes como pidiendo que no la dejase sola. Una vez cerrada la puerta por fuera, él bajó corriendo por pasillos hasta llegar a las mazmorras, abrió la pesada puerta de hierro que separaba aquellas celdas podridas por la humedad del resto del castillo y con una antorcha se encaminó adentro.

Varios sectores de los pasillos de las mazmorras estaban cubiertos de moho y otros con pequeños charcos de barro, la sensación de humedad era tan fuerte que erizaba la piel y hacía doler la nariz al respirar, se oían los ruidos que hacían las ratas y otros pequeños roedores al correr a ocultarse de la luz de la antorcha y cada cierto tramo el rey tenía que detenerse a recuperar el aliento pues mientras más descendía sentía como la oscuridad le oprimía el pecho y le impedía llenar los pulmones de aire.
Caminó así por largo rato,
dos vueltas a la izquierda,
tres tramos de frente,
uno vuelta a la derecha,
y una puerta más pesada aún que la primera para abrir.

Abierta la puerta, el rey se halló frente a una celda, con barrotes especialmente gruesos, el piso estaba casi enteramente cubierto de agua y el lugar estaba tan en las entrañas del castillo que era fácil saber que aquí nunca había llegado la luz del sol.
Se puso de rodillas ante los barrotes de la celda y rompió en llanto mientras solo alcanzaba a pronunciar una frase: detente, por favor.
A lo que una voz ronca y femenina contestó:
- me preguntaba, cuánto hacía falta para que me visites -



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