Parte IV
A causa de la enfermedad de la doncella, todos los ciudadanos trajeron ofrendas al castillo, canastas de frutas, cestos de pescados, toda clase de panes dulces y salados, vino y uvas, arroz y trigo; con la esperanza de que esto anime a la joven y la motive a comer.
Pero nada de esto lograba mejorar la condición de la amada del monarca.
Es así que una noche, tan tormentosa como aquella en que llegó la joven doncella, el rey pidió a todos los servidores del castillo que abandonaran el lugar, y dijo así, que él sería quién desde ahora se ocuparía de todo.
Los esfuerzos de la cocinera por persuadirlo de que era necesario que se quede para atenderlo a él y a la joven, fueron en vano.
Esa noche todos abandonaron el castillo, en medio de la más despiadada lluvia dejando solamente al regente y su amada.
El rey encerró a la joven en la habitación mientras ella le veía con ojos suplicantes como pidiendo que no la dejase sola. Una vez cerrada la puerta por fuera, él bajó corriendo por pasillos hasta llegar a las mazmorras, abrió la pesada puerta de hierro que separaba aquellas celdas podridas por la humedad del resto del castillo y con una antorcha se encaminó adentro.
Varios sectores de los pasillos de las mazmorras estaban cubiertos de moho y otros con pequeños charcos de barro, la sensación de humedad era tan fuerte que erizaba la piel y hacía doler la nariz al respirar, se oían los ruidos que hacían las ratas y otros pequeños roedores al correr a ocultarse de la luz de la antorcha y cada cierto tramo el rey tenía que detenerse a recuperar el aliento pues mientras más descendía sentía como la oscuridad le oprimía el pecho y le impedía llenar los pulmones de aire.
Caminó así por largo rato,
dos vueltas a la izquierda,
tres tramos de frente,
uno vuelta a la derecha,
y una puerta más pesada aún que la primera para abrir.
Abierta la puerta, el rey se halló frente a una celda, con barrotes especialmente gruesos, el piso estaba casi enteramente cubierto de agua y el lugar estaba tan en las entrañas del castillo que era fácil saber que aquí nunca había llegado la luz del sol.
Se puso de rodillas ante los barrotes de la celda y rompió en llanto mientras solo alcanzaba a pronunciar una frase: detente, por favor.
A lo que una voz ronca y femenina contestó:
- me preguntaba, cuánto hacía falta para que me visites -
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viernes, 27 de septiembre de 2019
jueves, 26 de septiembre de 2019
La maldición del Rey
Parte III
Los días pasaron y aunque estaban en pleno verano y el clima era cálido, dentro de el castillo había un ambiente gélido y tanta tensión que podría cortarse con un cuchillo.
Ya no se veía más al rey y la joven juntos, parecía ser que ella empezaba a enfermar.
Comenzó a ausentarse en los desayunos,
a evitar los paseos por el castillo,
a comer el almuerzo en las cocinas para no compartir la mesa con el rey,
se llevaba los libros a la habitación para evitar pasar tiempo en la biblioteca,
y dormía tan pronto como su cabeza tocaba la almohada para evitar conversación con el rey.
Todo este comportamiento desesperó al rey, quién no era capaz de comprender lo que pasaba. El rey sentía que su amor estaba escurriéndose como la arena de un reloj y no sabía qué hacer para detenerlo.
Pasaron meses horribles en que el rey enloquecía debido al comportamiento de su amada, y en que la joven enfermó de gravedad, eran raros los días en que se la veía caminando por el castillo, y pocas las veces que comía algo de su plato.
El rey estaba furioso por la situación, se encerraba en su estudio y se le oía gritar y romper cosas, mantenía interminables discusiones consigo mismo.
La joven ya ni siquiera podía dirigirle la palabra, pasaba todo el día en cama, sin comer nada y con suerte la cocinera lograba que tome algo de agua. Su delgadez había hecho que la piel se le pegue a los huesos de tal forma que parecía una extraña figura de cera, sus ojos tan opacos y sin vida que daba la impresión de tener dos cuencas vacías, la piel marchita y pálida con las venas apareciendo en todas partes y el pelo sin cepillar.
El rey intentaba hablar con ella todos los días, le leía libros en las tardes, le llevaba el almuerzo e intentaba que coma, abría las ventanas e intentaba que se levante para asomarse a ver las hermosas flores que había hecho plantar en el jardín.
Pero todos estos esfuerzos eran en vano, la salud de la doncella se deterioraba cada día más, y en las noches se escuchaba al rey llorar de frustración al pie de la cama de su amada.
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Los días pasaron y aunque estaban en pleno verano y el clima era cálido, dentro de el castillo había un ambiente gélido y tanta tensión que podría cortarse con un cuchillo.
Ya no se veía más al rey y la joven juntos, parecía ser que ella empezaba a enfermar.
Comenzó a ausentarse en los desayunos,
a evitar los paseos por el castillo,
a comer el almuerzo en las cocinas para no compartir la mesa con el rey,
se llevaba los libros a la habitación para evitar pasar tiempo en la biblioteca,
y dormía tan pronto como su cabeza tocaba la almohada para evitar conversación con el rey.
Todo este comportamiento desesperó al rey, quién no era capaz de comprender lo que pasaba. El rey sentía que su amor estaba escurriéndose como la arena de un reloj y no sabía qué hacer para detenerlo.
Pasaron meses horribles en que el rey enloquecía debido al comportamiento de su amada, y en que la joven enfermó de gravedad, eran raros los días en que se la veía caminando por el castillo, y pocas las veces que comía algo de su plato.
El rey estaba furioso por la situación, se encerraba en su estudio y se le oía gritar y romper cosas, mantenía interminables discusiones consigo mismo.
La joven ya ni siquiera podía dirigirle la palabra, pasaba todo el día en cama, sin comer nada y con suerte la cocinera lograba que tome algo de agua. Su delgadez había hecho que la piel se le pegue a los huesos de tal forma que parecía una extraña figura de cera, sus ojos tan opacos y sin vida que daba la impresión de tener dos cuencas vacías, la piel marchita y pálida con las venas apareciendo en todas partes y el pelo sin cepillar.
El rey intentaba hablar con ella todos los días, le leía libros en las tardes, le llevaba el almuerzo e intentaba que coma, abría las ventanas e intentaba que se levante para asomarse a ver las hermosas flores que había hecho plantar en el jardín.
Pero todos estos esfuerzos eran en vano, la salud de la doncella se deterioraba cada día más, y en las noches se escuchaba al rey llorar de frustración al pie de la cama de su amada.
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miércoles, 25 de septiembre de 2019
La maldición del Rey
Parte II
Las palabras del rey tomaron a la joven por sorpresa.
Confundida y asustada, no sabía que decir, no quería volver al bosque pero la solicitud del rey era algo muy extraño, sin embargo, convencida de que no podría pasarle nada peor después de todas las cosas que le habían ocurrido, aceptó.
Esa noche la joven y el rey compartieron la habitación en completo silencio, observando el techo que asemejaba el cielo nocturno, pintado de un profundo azul media noche, con pequeños destellos plateados que formaban constelaciones.
El sueño los venció y ambos durmieron.
A la mañana siguiente, cuando la joven abrió los ojos, el rey ya no estaba en la cama, en su lugar había un espléndido vestido color verde, estirado y con una nota que decía que la esperaba para desayunar. Desayunaron juntos en el comedor real, era la primera comida que la joven comía en varios días, y se sirvió bollo tras bollo de pan, con mantequilla, con un oloroso queso, con aceitunas tan jugosas que se escurrían por las comisuras de su boca.
Terminado el desayuno, el rey le mostró algunos lugares del castillo y le habló de su reino.
El rey le dijo que seguramente su reino era el más próspero en toda la región, que sus decisiones pronto le colocarían en la cima y que ella había sido muy afortunada de llegar allí.
La joven, confundida con sus palabras, sin conocer otro reino mas que en el que ella solía vivir, también gris y triste, le creyó, y creyó así cada una de las palabras del rey.
Los días se hicieron semanas, y las semanas se hicieron meses; terminó el invierno y llegó la primavera.
El rey había curado las heridas de la joven, le brindó hogar y comida, la instruyó en todo lo que conocía, la llenó de reglas y modales, la vistió como una princesa, y trató de moldearla como una; cada vez más entusiasmado por su presencia y convencido de que esta vez definitivamente había encontrado el amor.
El pueblo se veía más animado, los campos empezaron a dar frutos y gracias a la lluvia que empezó aquella noche que llegó la joven y que no se detuvo hasta finales del invierno, la sequía terminó.
Todos los días el rey y la doncella desayunaban juntos, paseaban por el castillo conversando, almorzaban increíbles manjares, leían en la basta biblioteca del castillo y por la noche dormían juntos. El rey le hablaba de todos los planes que tenía y la doncella escuchaba con atención todas esas promesas de grandeza y felicidad.
Sin embargo la maldición del rey comenzó a extenderse como una enfermedad...
Los meses continuaron pasando y la doncella al igual que todas las que habían pasado por allí antes, se dio cuenta de la verdad en el corazón del rey.
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Las palabras del rey tomaron a la joven por sorpresa.
Confundida y asustada, no sabía que decir, no quería volver al bosque pero la solicitud del rey era algo muy extraño, sin embargo, convencida de que no podría pasarle nada peor después de todas las cosas que le habían ocurrido, aceptó.
Esa noche la joven y el rey compartieron la habitación en completo silencio, observando el techo que asemejaba el cielo nocturno, pintado de un profundo azul media noche, con pequeños destellos plateados que formaban constelaciones.
El sueño los venció y ambos durmieron.
A la mañana siguiente, cuando la joven abrió los ojos, el rey ya no estaba en la cama, en su lugar había un espléndido vestido color verde, estirado y con una nota que decía que la esperaba para desayunar. Desayunaron juntos en el comedor real, era la primera comida que la joven comía en varios días, y se sirvió bollo tras bollo de pan, con mantequilla, con un oloroso queso, con aceitunas tan jugosas que se escurrían por las comisuras de su boca.
Terminado el desayuno, el rey le mostró algunos lugares del castillo y le habló de su reino.
El rey le dijo que seguramente su reino era el más próspero en toda la región, que sus decisiones pronto le colocarían en la cima y que ella había sido muy afortunada de llegar allí.
La joven, confundida con sus palabras, sin conocer otro reino mas que en el que ella solía vivir, también gris y triste, le creyó, y creyó así cada una de las palabras del rey.
Los días se hicieron semanas, y las semanas se hicieron meses; terminó el invierno y llegó la primavera.
El rey había curado las heridas de la joven, le brindó hogar y comida, la instruyó en todo lo que conocía, la llenó de reglas y modales, la vistió como una princesa, y trató de moldearla como una; cada vez más entusiasmado por su presencia y convencido de que esta vez definitivamente había encontrado el amor.
El pueblo se veía más animado, los campos empezaron a dar frutos y gracias a la lluvia que empezó aquella noche que llegó la joven y que no se detuvo hasta finales del invierno, la sequía terminó.
Todos los días el rey y la doncella desayunaban juntos, paseaban por el castillo conversando, almorzaban increíbles manjares, leían en la basta biblioteca del castillo y por la noche dormían juntos. El rey le hablaba de todos los planes que tenía y la doncella escuchaba con atención todas esas promesas de grandeza y felicidad.
Sin embargo la maldición del rey comenzó a extenderse como una enfermedad...
Los meses continuaron pasando y la doncella al igual que todas las que habían pasado por allí antes, se dio cuenta de la verdad en el corazón del rey.
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martes, 24 de septiembre de 2019
La maldición del Rey
Parte I
En un reino lejano, donde la tierra era infértil, el agua escasa y solo abundaba la soledad, gobernaba con tiranía un malvado rey que se hacía llamar a sí mismo el Rey Sabio.
El rey, era una persona miserable, cruel y soberbia, y su reino vivía sumido en un profundo dolor y miedo de la suerte que tendrían bajo el mando de su rey.
Innumerables veces sus cortesanos intentaron aconsejarle y evitar muchas tragedias, pero él, convencido de que estaba en lo correcto, mandaba a cortar la cabeza de todo aquel que osaba cuestionarle, y así su corte se redujo hasta quedarle solamente la vieja cocinera, y un último joven consejero.
Lo único comparable con la necedad del rey era su deseo de amor.
El rey había estado solo toda su vida, los recuerdos de una infancia amorosa con sus padres eran tan lejanos que se desdibujaban en su memoria, es por esto que el rey ansiaba poder sentir el cálido abrazo del amor.
Es así que durante años tropezaba una y otra vez en su intento de encontrar una reina.
El rey tenía una especial fijación por sentirse admirado y superior, y las doncellas que en sus manos caían eran campesinas con quiénes él se sentía en una cómoda posición, necesitaba chicas volubles que pudieran seguir sus excentricidades, escuchar sus disparatados discursos, aguantar su insoportable carácter, acatar sus órdenes y apoyar sus ridículas ideas. Todo esto en el nombre del amor que el rey les profesaba y que esperaba en retribución.
Pero hasta la más ignorante de las campesinas acababa por perder la cabeza a lado del rey, y huir de él tan lejos como le permitieran las piernas.
Una noche tormentosa y desafortunada llegó una joven doncella a las puertas del reino.
Empapada, con las vestiduras rasgadas y el cuerpo herido, pidió a los caballeros piedad y refugio, y éstos la llevaron ante el rey.
El rey entrevistó a la pobre chica y ésta le contó que había sido apedreada en su aldea por crímenes que no había cometido, había vagado durante días en el sendero y dormido en el bosque, tratando de encontrar refugio, en el camino se había cruzado con rufianes que habían tratado de herirla pero finalmente había divisado a lo lejos las luces de su reino.
El rey sumamente interesado en saber más de la doncella le dijo que la dejaría quedarse en el castillo con la condición de que compartiera la alcoba con él.
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En un reino lejano, donde la tierra era infértil, el agua escasa y solo abundaba la soledad, gobernaba con tiranía un malvado rey que se hacía llamar a sí mismo el Rey Sabio.
El rey, era una persona miserable, cruel y soberbia, y su reino vivía sumido en un profundo dolor y miedo de la suerte que tendrían bajo el mando de su rey.
Innumerables veces sus cortesanos intentaron aconsejarle y evitar muchas tragedias, pero él, convencido de que estaba en lo correcto, mandaba a cortar la cabeza de todo aquel que osaba cuestionarle, y así su corte se redujo hasta quedarle solamente la vieja cocinera, y un último joven consejero.
Lo único comparable con la necedad del rey era su deseo de amor.
El rey había estado solo toda su vida, los recuerdos de una infancia amorosa con sus padres eran tan lejanos que se desdibujaban en su memoria, es por esto que el rey ansiaba poder sentir el cálido abrazo del amor.
Es así que durante años tropezaba una y otra vez en su intento de encontrar una reina.
El rey tenía una especial fijación por sentirse admirado y superior, y las doncellas que en sus manos caían eran campesinas con quiénes él se sentía en una cómoda posición, necesitaba chicas volubles que pudieran seguir sus excentricidades, escuchar sus disparatados discursos, aguantar su insoportable carácter, acatar sus órdenes y apoyar sus ridículas ideas. Todo esto en el nombre del amor que el rey les profesaba y que esperaba en retribución.
Pero hasta la más ignorante de las campesinas acababa por perder la cabeza a lado del rey, y huir de él tan lejos como le permitieran las piernas.
Una noche tormentosa y desafortunada llegó una joven doncella a las puertas del reino.
Empapada, con las vestiduras rasgadas y el cuerpo herido, pidió a los caballeros piedad y refugio, y éstos la llevaron ante el rey.
El rey entrevistó a la pobre chica y ésta le contó que había sido apedreada en su aldea por crímenes que no había cometido, había vagado durante días en el sendero y dormido en el bosque, tratando de encontrar refugio, en el camino se había cruzado con rufianes que habían tratado de herirla pero finalmente había divisado a lo lejos las luces de su reino.
El rey sumamente interesado en saber más de la doncella le dijo que la dejaría quedarse en el castillo con la condición de que compartiera la alcoba con él.
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lunes, 23 de septiembre de 2019
El Vampiro
Tú que, como una puñalada,
entraste a mi corazón doliente;
semejante a un tropel de demonios,
llegas, loca y adornada,
En mi espíritu humillado
haces tu lecho y tu imperio,
y me oprime tu presencia
como cadena al forzado,
Como al tahúr la baraja,
como al ebrio una botella,
gusano que al muerto mella,
y maldición que lo ultraja.
Rogué a un veneno mortal,
que de ti me separase;
al tiempo que te matase,
le supliqué a mi puñal.
Los dos en complicidad
altivamente rehusaron:
"Tú no eres digno de que te arranquen
de tu esclavitud maldita,
Pues si muerta la encontraras,
inerte ya, y sin respiro,
con besos resucitarías,
su cadáver de vampiro"
—Charles Baudelaire
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La musa enferma
Mi pobre Musa, ¡ah! ¿Qué tienes, pues, esta mañana? Tus ojos vacíos están colmados de visiones nocturnas, Y veo una y otra vez reflejados...





