jueves, 26 de septiembre de 2019

La maldición del Rey

Parte III

Los días pasaron y aunque estaban en pleno verano y el clima era cálido, dentro de el castillo había un ambiente gélido y tanta tensión que podría cortarse con un cuchillo.
Ya no se veía más al rey y la joven juntos, parecía ser que ella empezaba a enfermar.
Comenzó a ausentarse en los desayunos,
a evitar los paseos por el castillo,
a comer el almuerzo en las cocinas para no compartir la mesa con el rey,
se llevaba los libros a la habitación para evitar pasar tiempo en la biblioteca,
y dormía tan pronto como su cabeza tocaba la almohada para evitar conversación con el rey.
Todo este comportamiento desesperó al rey, quién no era capaz de comprender lo que pasaba. El rey sentía que su amor estaba escurriéndose como la arena de un reloj y no sabía qué hacer para detenerlo.

Pasaron meses horribles en que el rey enloquecía debido al comportamiento de su amada, y en que la joven enfermó de gravedad, eran raros los días en que se la veía caminando por el castillo, y pocas las veces que comía algo de su plato.




El rey estaba furioso por la situación, se encerraba en su estudio y se le oía gritar y romper cosas, mantenía interminables discusiones consigo mismo.
La joven ya ni siquiera podía dirigirle la palabra, pasaba todo el día en cama, sin comer nada y con suerte la cocinera lograba que tome algo de agua. Su delgadez había hecho que la piel se le pegue a los huesos de tal forma que parecía una extraña figura de cera, sus ojos tan opacos y sin vida que daba la impresión de tener dos cuencas vacías, la piel marchita y pálida con las venas apareciendo en todas partes y el pelo sin cepillar.
El rey intentaba hablar con ella todos los días, le leía libros en las tardes, le llevaba el almuerzo e intentaba que coma, abría las ventanas e intentaba que se levante para asomarse a ver las hermosas flores que había hecho plantar en el jardín.
Pero todos estos esfuerzos eran en vano, la salud de la doncella se deterioraba cada día más, y en las noches se escuchaba al rey llorar de frustración al pie de la cama de su amada.
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La musa enferma

Mi pobre Musa, ¡ah! ¿Qué tienes, pues, esta mañana? Tus ojos vacíos están colmados de visiones nocturnas, Y veo una y otra vez reflejados...